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Phillip Longman, especialista en políticas demográficas, es miembro de la Fundación Nueva América, un "think tank" izquierdista. En una entrevista para "Books and Culture" (mayo-junio 2007) sostiene que el descenso de la natalidad debería preocupar a todos.Longman publicó hace tres años el libro "The Empty Cradle" ("La cuna vacía"), donde analiza las consecuencias económicas, políticas y sociales de la baja fecundidad. En la entrevista señala que todavía la población mundial crece mucho en términos absolutos (unos 77 millones de personas al año); pero el descenso de la natalidad es universal, de modo que ahora hay menos niños menores de cinco años que en 1990. La fecundidad está por debajo del umbral de reemplazo de generaciones en prácticamente todo el mundo menos África subsahariana, y algunos países (Rusia, Japón) empiezan a perder habitantes. A este paso, la población mundial comenzará a disminuir en vida de los que hoy son jóvenes.Esto, añade Longman, no es del todo malo. "Para las naciones, al igual que para los individuos, no tener hijos presenta muchas ventajas, al menos hasta que uno se hace viejo". Muchos economistas creen que la bajada de la natalidad facilitó el despegue económico de Japón y otros países asiáticos, al reducir la tasa de dependencia. Pero con el tiempo se produce un envejecimiento de la población que trae nuevos problemas. El principal es que hay cada vez menos activos para sostener a cada vez más viejos, lo que afecta a la Seguridad Social y a las mismas familias. Menos niños equivalen a menos trabajadores. "Si uno no tiene hermanos, como es cada vez más frecuente en gran parte del mundo, no tendrá a nadie que comparta la carga de cuidar a los padres cuando sean mayores".En nuestra economía hay muchos sectores que dependen del crecimiento de la población para tener crecimiento económico. De forma similar, los programas que el gobierno usa para crear seguridad en la jubilación, están estructurados con el supuesto de que la población joven crecerá. Todas las grandes instituciones de nuestra sociedad tendrán que ser esencialmente reformadas para hacer frente al hecho de que el mundo de la siguiente generación será más pequeño que el actual. Rehusar enfrentar esto significa que crecerá la pobreza, se incrementarán los impuestos, disminuirán los ahorros y las inversiones, y tendremos un riesgo real de que el gobierno tome prestado el dinero de nuestras pensiones. Esto puede ocurrir más pronto de lo que la gente piensa. Hoy, por ejemplo, los Estados Unidos tienen una tasa de natalidad alta comparada con el resto de los países industrializados, pero se ha vuelto dependiente del capital de muchas naciones envejecidas. Alemania, Japón y China se han vuelto tan viejas que pronto acabarán con sus ahorros y tendrán que repatriar el que tengan en Estados Unidos. Esto implica una completa reestructuración de la economía mundial, que podría traer una prolongada recesión y depresión global.No es habitual oír tales advertencias en boca de alguien de la misma tendencia ideológica que Longman. Él mismo reconoce que "la mayoría de los que se llaman 'progresistas' no concuerdan conmigo en que la baja fecundidad es un problema". Unos creen que así habrá más recursos para los pobres; muchos ecologistas consideran bueno para el medio ambiente que disminuya la población; "a feministas, gays y, en general, los que no quieren tienen hijos suele sonarles a amenaza la idea de que la sociedad necesita más niños. Y cuando se les dice que los índices más bajos de natalidad se encuentran entre la gente progresista, entonces la conversación se puede tornar hostil".Para Longman, todos esos argumentos resultan equivocados. "Por ejemplo, en Estados Unidos el aire y el agua son más limpios que en 1940, cuando la población era la mitad. No es paradójico. El aumento de la población estimula a usar los recursos de manera más eficiente y más limpia (...) Análogamente, el aumento de población es lo que nos llevó a descubrir cómo mejorar el rendimiento de los cultivos". Así, "la producción de alimentos por cabeza es más alta que nunca, aunque la población mundial pasa de seis mil millones". Además, "en Estados Unidos hay más superficie de bosques que en el siglo XIX, gracias a que se necesita mucho menos terreno para cultivar".Por otro lado, "los progresistas suelen olvidar que muchas de sus opiniones sobre la reproducción humana, como el 'derecho de la mujer a elegir', sólo ganaron apoyo suficiente cuando el miedo a la superpoblación comenzó a empapar la cultura en los años sesenta y setenta. (...) También olvidan que si ellos mismos rehúsan tener hijos, el futuro estará en manos de los que militan en el bando contrario. Por último, los progresistas olvidan que si la población no crece, sus queridas 'joyas de la corona', el Estado del bienestar y la Seguridad Social, se vuelven insostenibles.¿Cambiará la forma de pensar sobre la familia con este dramático declive poblacional? ¿Cambiarán las políticas públicas? Durante los siglos 19 y 20, el estado fue gradualmente haciéndose cargo de muchas de las funciones de las que solía hacerse cargo la familia: educación, cuidado en la tercera edad. Pero cada vez más, las personas encontrarán que no pueden confiar en la gente que los gobierna. Verán cómo sus pensiones de salud y jubilación irán disminuyendo, y los impuestos subiendo. Verán los fondos educativos presionados por otros más urgentes. Esto implica que más y más ciudadanos se verán forzados a volver a la tradicional familia numerosa. La gente verá la necesidad de tener hijos y educarlos bien si esperan seguridad en la ancianidad. Por la misma razón estarán dispuestos a sacrificarse en beneficio de sus parientes mayores para que sus propios hijos crezcan viendo esa actitud como un deber moral. Hoy en día, los que se preocupan por este futuro están pidiendo que el estado se haga cargo de más responsabilidades de las familias, por ejemplo, ofreciendo subsidios para el cuidado de los niños, dando bonos a los padres. Dudo mucho de que estas medidas puedan empujar hacia arriba las tasas de natalidad, salvo que se destine mucho más dinero, lo que traería grandes problemas políticos. Hace medio siglo no teníamos que pagar seguro médico y el seguro social era sólo un pequeño porcentaje del gasto público. Los gobernantes de hoy tendrán que pasar momentos duros tratando de que las tasas de natalidad crezcan en una escala suficiente para solucionar el problema. Al final, veo venir que los gobernantes verán tambalearse su legitimidad porque no podrán mantener, ni mucho menos hacer crecer el estado de bienestar en una sociedad envejecida. En países del Asia, como Japón, cada ciudadano se casa y tiene, casi sin excepción, un hijo. En Europa y el Oeste en general, por contraste, hay mucha más diversidad. Entre los americanos del Baby Boom, por ejemplo, casi un quinto no tuvo ningún hijo, y un 17 por ciento sólo tuvo uno. Los altos índices de familias con uno o ningún hijo en el Oeste tienen una implicación: significa que hay una proporción muy grande de niños que son traídos por una muy pequeña parte de la población".¿Y quiénes son los que todavía tienen familias numerosas?, se pregunta Longman. "La respuesta más exacta es: las personas con profundas creencias religiosas". Por ejemplo, en Europa, dice Longman, se estima que la diferencia de fecundidad entre creyentes y no creyentes es del 15-20%. Los hijos de familias religiosas tienen menos hijos que en el pasado, pero en promedio esas familias son más numerosas que las secularizadas. Naturalmente, precisa Longman, no todos los nacidos en familias hondamente religiosas lo son luego a su vez; pero muchos sí, y entonces es más probable que también ellos tengan hijos. "Así pues, los creyentes empiezan a heredar la sociedad 'por retirada de los rivales'. La población total de Occidente tal vez baje o se estanque por un tiempo; pero una parte desproporcionada de los que queden serán partidarios convencidos de la causa de Dios y de la familia". |